23.02.2001Misiles sin enemigo

Ronald Reagan intentó desarrollar un proyecto de defensa espacial antimisiles, la «guerra de las galaxias». Era un escudo protector de EE.UU. frente a ataques de la URSS. Fracasó, pero llevó al régimen soviético a una carrera de armamentos que causó su colapso. Ahora, el también republicano George W. Bush quiere un «hijo pequeño» del sistema, limitado pero polémico y muy costoso. 

El tratado de misiles antibalísticos (Tratado ABM) que en 1972 firmaron EE.UU. y la URSS limitaba los sistemas de defensa que cada superpotencia podía desplegar para protegerse de un ataque con misiles. La idea que lo hizo posible podría definirse así: no gastar demasiado en escudos protectores para no tener que arruinarse comprando costosas armas ofensivas. El equilibrio del terror entre las dos superpotencias nucleares quedaba asegurado. 

Para Javier Solana, alto representante para la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de la Unión Europea, ese tratado «no es la Biblia», con lo que parece preparar el terreno para EE.UU. Algunos gobiernos europeos, cuyas relaciones internacionales gestiona el «señor PESC», han mostrado recelo ante tal apoyo al Pentágono, sin haber valorado todas sus repercusiones sobre la defensa de Europa. 

Para Rusia, el tratado es «la piedra angular de la estrategia nuclear» y a esto se aferra su Gobierno, que sabe que no puede iniciar otra carrera armamentista tras su rotunda derrota en la anterior. Esto augura nuevas tiranteces y malentendidos entre Washington y Moscú, a los que China, tercer país nuclear en discordia, no será ajena en el futuro inmediato. 

El tratado puede ser la primera víctima de la decisión norteamericana de seguir con su proyecto de Defensa Nacional Misilística (NMD). Si ésta se lleva a cabo según los planes, violará las disposiciones del tratado ABM, que EE.UU. tendrá que denunciar o renegociar. 

El NMD es llamado la «mini-guerra de las galaxias», pues es una versión reducida del fantástico proyecto de defensa espacial antimisiles de la «era Reagan». Entonces se quería construir un escudo protector frente a ataques masivos de la URSS. Se trataba de un complejísimo sistema de radares y misiles que se abandonó por los fallos técnicos, su elevadísimo coste y el fin de la Guerra Fría. El actual sistema, que Bush va a impulsar y que Clinton mantuvo con vida, está concebido para hacer frente a un número limitado de cabezas nucleares, unas pocas decenas. Es lo que parece sería suficiente para hacer frente a un ataque de algún país de tercer rango, poco respetuoso del orden internacional. Unos 250 misiles antibalísticos, en Alaska y en Dakota del Norte, de cuya eficacia se sabe poco y cuyos ensayos no han sido reveladores, anularían, antes de alcanzar su objetivo, cualquier ataque de misiles contra EE.UU. 

El aspecto técnico de la cuestión no ha sido aún resuelto. No es fácil interceptar fuera de la atmósfera un objetivo que se mueve a un par de decenas de miles de kilómetros por hora. De las tres pruebas hasta ahora, sólo una ha sido un éxito relativo, lo que no garantiza la eficacia del proyecto. El sistema sería ineficaz frente al arsenal nuclear ruso, con suficientes cabezas para saturar la limitada capacidad defensiva del NMD. Sí anularía la posibilidad de China de atacar EE.UU., pues ese país tiene pocos misiles intercontinentales. ¿Pero es que alguien concibe que esto pudiera ocurrir? No es la técnica el principal defecto del NMD, sino su concepción teórica. Es ingenuo pensar que los terroristas internacionales pudieran sentirse inhibidos por el NMD. Les bastaría cambiar sus procedimientos. No necesitarían costosos sistemas de lanzamiento de misiles, sino que podrían usar armas nucleares pequeñas -o químicas y bacteriológicas- con sencillos medios de transporte: una simple avioneta o un bulto llevado como equipaje por tierra o mar. 

El objetivo real del sistema NMD no es, por tanto, hacer frente a un enemigo provisto de misiles nucleares. Hay finalidades más inmediatas. Inyectar vida a la industria aeroespacial y del armamento, pudiera ser la primera. Añadir clavos a la tapa del ataúd que encierra las aspiraciones rusas de ser superpotencia, es la segunda. La economía de Rusia no se puede permitir otra carrera de armamentos. Contentar al gran sector estadounidense que practica el usual chovinismo, es la tercera. 

EE.UU. se erige en la única superpotencia capaz de definir sus decisiones estratégicas ignorando los tratados internacionales. Cuando se es consciente de ejercer el imperium sobre el planeta, tratados y acuerdos pasan a ser molestas trabas que limitan la libertad de acción. Entonces, como única razón, basta con decir que EE.UU. tiene el «imperativo moral» de establecer ese sistema, como se acaba de hacer desde Washington.

Alberto Piris

General de Artillería en la Reserva y Analista del Centro de Investigaciones para la Paz