“Yo no sé si las leyes son justas o si las leyes son injustas; todo lo que sabemos los que estamos en la cárcel es que el muro es sólido y que cada día es como un año, un año de días muy largos”, escribía Oscar Wilde. En un ambiente como éste, algunos niños pasan sus tres primeros años de vida. No han cometido ningún delito, pero ya cumplen condena. Su infancia se ve reducida a los muros de una prisión, los parques y jardines están custodiados por rejas y sus carreras concluyen siempre en el muro de la cárcel.
En el caso español, la ley permite que los hijos de hasta tres años de edad puedan estar con su madre mientras ésta cumple condena. Después, si la madre aún no está en libertad, el niño pasa a manos de la familia o bien a un centro tutelado por la Administración. Se trata de una situación legal y, muchas veces, inevitable. Pero esto conlleva importantes riesgos para los niños. En la actualidad, en las cárceles viven 175 niños en las llamadas “Unidades de Madres”. Son los módulos donde los niños tienen condiciones especiales de vida. Otros 26 niños viven en “Unidades Dependientes”, que son para casos en los que la madre está en régimen de semi libertad y puede vivir en un piso. Para estas madres y sus hijos las cárceles, en colaboración con las ONG, facilitan el alquiler de un piso.
La organización Nuevo Futuro tiene repartidas por la geografía española diferentes casas de acogida para menores que provienen de familias desestructuradas y Unidades Dependientes de Instituciones Penitenciarias, donde las madres pueden seguir cumpliendo su condena sin necesidad de que sus hijos sufran la falta de libertad.
La cárcel no es un lugar para los niños. A pesar de que los menores viven en módulos aparte de los presos y viven en de condiciones especiales, vivir entre rejas y jugar entre funcionarios no es el entorno adecuado para los más pequeños.
“Mi experiencia con los funcionarios fue buena. Todos estaban pendientes de nuestros hijos y no les faltaba de nada. Tienen comida especial y atención médica. Nuestra queja no es por el trato humano, sino porque la cárcel no es un sitio donde los niños deban crecer”, denuncia Maribel, una de las mujeres que convivió con su hijo en la cárcel.
Muchos de esos niños arrastran durante el resto de sus vidas la impronta de los primeros años en prisión. La anterior ley española permitía que los hijos pudieran estar hasta los 6 años, lo que perjudicaba todavía más el futuro de los niños.
“Mi hijo estuvo hasta los dos años y medio, por lo que se quedó con muchos recuerdos. Hay veces que me pregunta cosas de cuando estábamos en la otra casa. Fueron momentos muy duros que le afectaron muy negativamente. Durante los últimos cinco meses que pasó en prisión dejó de comer, hasta el punto de que nos estuvimos planteando volver a darle el biberón”, denuncia otra madre afectada.
La estancia de niños en la cárcel es un freno para su desarrollo y un lastre para su educación. Desde diversas ONG se está intentado mejorar las condiciones de los niños para que salgan más a la calle, haya módulos especiales y asociaciones que se ocupen de ellos mientras sus madres cumplen condena. La ONG Horizontes Abiertos trabaja en el entorno de las prisiones con sus voluntarios, que realizan diferentes talleres y llevan los fines de semana a jugar al campo a estos pequeños. Aunque a veces, tras probar la vida real, el contraste es insoportable: “Siempre que volvía no paraba de llorar y de gritarme que quería salir otra vez a la calle”, cuenta Vanessa. Pero en general, estas actividades mejoran su desarrollo, pues son niños cuyo referente paterno no existe muchas veces, ya que conviven sólo entre madres y funcionarias, y donde el horizonte se termina en los muros de la cárcel. Todas las iniciativas pensadas para evitar esas cicatrices en la infancia desafortunada son necesarias.
Daniel Méndez Morán
Periodista


