Los 1.300 millones de habitantes de China equivalen al doble de la población de Europa y Estados Unidos juntos.
En idioma mandarín China quiere decir “Imperio del centro”. En todos sus mapas el país ocupa el centro del mundo. Al oeste se encuentra Europa y al este América.
La idea de una China en el centro reverdece en los últimos años. Así lo expresó su máximo dirigente, Hu Jintao, tras su asunción de todo el poder la semana pasada. Supone la continuidad de un régimen que ha sabido combinar hasta ahora la apertura económica sin realizar un cambio político.
Ante el fenómeno del gran coloso chino es preciso denunciar el silencio de los Medios de Comunicación. Convendría conocer cómo ha sido su proceso, no sólo por tan espectacular crecimiento económico sino por lo que supondrá para el resto de países que el “Imperio del Centro” reoriente los mapas.
Sólo hace tres años que China fue admitida en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y ya es la sexta economía más grande del mundo. Los expertos aseguran que a este ritmo, a partir de 2041, será la primera potencia económica del mundo, seguida de Estados Unidos, India, Japón, Brasil y Rusia. Lo cierto es que desde hace 25 años China tiene un crecimiento económico que supera el 9% anual.
El lema de Deng Xiao Ping “Enriquecerse es glorioso” simbolizó el comienzo de un crecimiento irreversible de China, sostenido durante 15 años por Jiang Zemin. Atrás quedaron las hambrunas en las que morían cientos de miles de personas tras una mala cosecha; también se lograron encauzar las trágicas crecidas de los grandes ríos.
Los ingredientes de la receta: abundante mano de obra barata, exportación masiva de productos a bajo precio y la afluencia de inversiones extranjeras. Los chinos tejieron en su costa una red de “zonas económicas especiales” que convirtieron a su país en el gran exportador que pronto invadió los mercados con electrónica, productos textiles, calzado y juguetes. Su comercio exterior crece a un ritmo 10 veces superior que el promedio mundial.
Para estar a la altura, el Estado tuvo que darse prisa en construir infraestructuras, autopistas, rascacielos (y más de 147 aeropuertos en diez años). La población urbana también ha dado un salto increíble en su capacidad de consumo. Nueve de cada diez chinos en las ciudades son propietarios de su vivienda. El mercado chino está en cabeza en la telefonía celular, se venden unos dos millones de teléfonos cada mes.
Pero la China de exportación invasiva de mercados se ha convertido ya en un país de importaciones gigantescas. Es el segundo importador mundial de petróleo; también es el segundo país contaminante del planeta aunque ratificó el protocolo de Kyoto en 2002.
El año pasado China fue el primer país importador mundial de cemento -importó el 55% de la producción mundial- (así como el 40% de la producción mundial de carbón, el 25% del acero, el 25% del níquel y el 14% del aluminio). El consumo chino de energía es tan enorme que piensan duplicar su capacidad nuclear, construyendo dos centrales atómicas cada año de aquí al 2020.
Más del 80 por ciento de la fuerza laboral de todo el país trabaja en empresas privadas; y aunque la privatización de empresas del Estado ha enviado a ocho millones de chinos al desempleo cada año, este coste social se compensa en parte con los ingresos de la inversión extranjera. Sólo el cinco por ciento de su población se encuentra bajo la línea de pobreza.
China ha incrementado sus inversiones para el desarrollo científico y tecnológico, la investigación, y en especial de las industrias vinculadas a las comunicaciones, la defensa, la actividad nuclear y la espacial. Sin olvidarse de la excelencia educativa, las reformas sociales y la expansión cultural. La transformación de los ideogramas en una lengua más asequible ha ayudado a su formidable lucha contra el analfabetismo.
Pero hay cuestiones que necesitan una mayor reflexión. Al mercado laboral chino acceden 18 millones de trabajadores al año. Unos 300 millones de personas migrarán del campo a las ciudades en los próximos 15 años. En pocas décadas circularan por el país unos 650 millones de automóviles. ¿Cómo hacer compatibles los hábitos de consumo propios de un sistema capitalista desarrollado en un mercado potencial de 1.300 millones de personas con los límites necesarios para el equilibrio medioambiental?
China nos puede servir como referencia para las cuestiones que se plantearán en India, Brasil, Rusia o Sudáfrica y así lo plantea Ignacio Ramonet: “¿Cómo arrancar a miles de millones de personas de la angustia del subdesarrollo sin sumirlas en un modelo productivista y de consumo a la occidental, nefasto para el planeta y para el conjunto de la humanidad?
María José Atiénzar


