24.03.2006Luz de esperanza para el pueblo árabe

¿Es una desgracia ser árabe en la actualidad? Desde luego, no es fácil. Mucho menos ser árabe y tener un criterio independiente. Samir Kassir, periodista libanés y columnista del diario de mayor tirada del país, al Nahar, lo sabía y lo dejó escrito. En De la desgracia de ser árabe reflexiona sobre cómo se ha desperdiciado la riqueza de una cultura hasta corromperla con un culto incomprensible a la desgracia y a la muerte.

 

Porque si es difícil ser árabe en Occidente, no lo es menos serlo en el mundo árabe. Kassir fue asesinado por ser independiente y luchar por lo que creía justo: un Líbano libre del yugo sirio. Tenía 45 años y un coche bomba acabó con su vida el pasado mes de junio. Unas semanas antes, las tropas sirias se habían retirado del pequeño país de Oriente Próximo.

 

Este caso es un ejemplo para recordar. Los servicios secretos de los países árabes han actuado y siguen haciéndolo al dictado de las dictaduras de la zona. Y los dictadores no entienden de libertad ni de independencia. Sólo quieren perpetuarse en su cargo.

 

Es el pueblo árabe el que sufre estas guerras encubiertas. Es difícil ser árabe y libre, a la vez. Hay que tener gran fortaleza para ello. Para alzar la voz contra las injusticias: la diferencia entre ricos y pobres, el escaso porcentaje de alfabetización, la falta de cuidados sanitarios para todos, la huida del campo a la ciudad, el enorme desempleo entre los jóvenes que hoy suponen más del 55% de la población, los desmedidos gastos en policía y en armamento, la corrupción entre los dirigentes auspiciada por las grandes compañías extranjeras para perpetuar el dominio hasta la extenuación de los pobres…

 

Pero el problema árabe no se agota en este tipo de desigualdades. La enfermedad está más arraigada, es una concepción pesimista y fatalista del futuro. Tal situación lleva a una desesperación difícil de superar que facilita un extremismo del que muchos se aprovechan.

 

Si hay una solución, esta consiste en centrarse en el individuo. No caer en las visiones sectarias que auguran un futuro  oscuro y la impotencia del mundo árabe. Esto sólo lleva a una enorme parálisis de la cultura árabe que ya se puede ver hoy día. Es una acción de erosión que no beneficia al mundo árabe ni a sus ciudadanos. Que puede provocar guerras civiles y entre naciones debido a odios. Sin esperanza, todo mal es posible.

 

Hace falta esperanza. Si el mundo árabe mira hacia Occidente y espera alcanzarle en poco tiempo, sólo se va a topar con su propia frustración. Los árabes necesitan mirarse a sí mismo, como apunta Kassir. Comprender que  para acabar con los males de sus países tienen que llevar a cabo revoluciones desde dentro y que pueden ser traumáticas.

 

Los árabes tienen que aprender a ser, no a vivir de lo que han sido o sueñan que serán.

 

Desde Occidente no se puede ignorar que se debe prestar ayuda para acabar con este mal. Hay que mostrar el camino para salir de la impotencia y el desencanto con alternativas ideológicas que muestren un camino de esperanza. Dando a entender al pueblo árabe que si está dispuesto a luchar por volver a ser una referencia tendrá todo el apoyo necesario. Los dictadores y los regímenes absolutistas deberían caer por el camino. Un pueblo sin ilusiones y sin expectativas reales es un pueblo condenado a la decadencia o a la rebelión incontrolada.

 

No es posible tal revolución mientras haya coacción. Si sucede como en Iraq, donde el odio entre chiíes y suníes aumenta a marchas forzadas de forma ciega, hay poca esperanza. Si las sectas y las facciones acaban por dominar el imaginario árabe con ideas radicales, hay poca esperanza. Si los fanáticos que, como en Irán o Arabia Saudí, se empeñan en imponer su visión a la del resto del mundo árabe siguen ganando adeptos, hay poca esperanza.

 

La esperanza del pueblo árabe reside en cada árabe. En el momento que se consiga que piensen y se expresen con libertad, sin sentirse cohibidos, se habrá dado un gran paso. Cuando una generación crezca con esa posibilidad, la tendencia se volverá duradera. Hoy es difícil lograrlo, pero es posible. El final del camino no es oscuro para los árabes, sino luminoso. Y Occidente tiene que ayudar a que el pueblo árabe vea la luz que con un velo han tapado los fanáticos.

 

Sergio Rodríguez Sánchez

 

Periodista