23.02.2007Cinco ideas sobre la OTAN

La reunión de los ministros de Defensa de la OTAN, como tantas otras cumbres internacionales, no ha tenido grandes frutos, ni siquiera ha redundado en provecho de una discusión franca sobre lo que es hoy la Alianza Atlántica. A los ojos de la mayoría de los ciudadanos de los países miembros de la organización, la de la OTAN es página pasada. La alianza militar sólo puede acatarse si se aceptan al mismo tiempo, y sin rebozo, las reglas del juego que los grandes del Norte imponen.
La Alianza Atlántica es la principal de las alianzas militares pertrechadas por los países ricos. No es más que el brazo armado del proyecto económico que aquéllos defienden: la globalización capitalista, con sus secuelas de especulación, concentración de la riqueza, desregulación y deslocalización. Así, a la OTAN, por su especificidad guerrera, le corresponde tanto peso como al Fondo Monetario, al Banco Mundial y a la Organización Mundial del Comercio.   
En un segundo escalón, la Alianza Atlántica es el instrumento principal de los designios que avalan los gobernantes norteamericanos del momento. Hace unos días un analista político vinculado con la derecha más pronorteamericana sostenía que esta idea tan sólo la defiende hoy la izquierda europea más rancia. No parece que sea así: todos los datos invitan a concluir que Estados Unidos dicta las reglas del juego a las que debe ajustarse la OTAN, en la que no consta que haya emergido ninguna señal, ni poderosa ni liviana, de contestación de la política norteamericana. Aunque no han faltado los miembros de la Alianza que han expresado coyunturales disensiones con respecto a las querencias de Washington -allí estuvieron Francia y Alemania contra la agresión estadounidense en Iraq a principios de 2003- nunca hemos tenido conocimiento de que la OTAN, como colectivo, haya manifestado disidencia alguna.
Uno de los indicadores de la sumisión al dictado de la Casa Blanca es la expansión del área de acciones militares de la Alianza, que parece no aceptar ninguna limitación. La OTAN es un poderoso estímulo para el crecimiento del gasto militar y ha empezado a mover sus peones en una región vital para los designios imperiales de Estados Unidos, como es el Oriente Próximo entendido en sentido amplio. La mayoría de los proyectos que apuntan a mejorar las prestaciones de la Alianza nacen precisamente del designio de perfilar instrumentos de empleo rápido en esa conflictiva región. El plegamiento de la OTAN a la estrategia norteamericana es tal que sus responsables han acatado sin pestañear lo que en unos casos -Afganistán- han sido demandas de franca imbricación y en otros -Iraq- llamativas y unilaterales decisiones de marginación.
La principal fórmula de legitimación de la Alianza Atlántica es la que ofrece el intervencionismo autotitulado humanitario. Las acciones de la OTAN obedecen a la defensa de los intereses más tradicionales y mezquinos, y ello por mucho que se adoben con la idea de que por detrás de ellas despunta el designio de liberar a pueblos acosados o restaurar derechos conculcados. Si la OTAN desea que sus críticos engullan tal mitología, por ejemplo, del despliegue de sus soldados en Gaza y Cisjordania, para exigir la rápida evacuación del ejército israelí, o en el Kurdistán, para reclamar lo propio de los militares turcos. No parece, sin embargo, que en la agenda de la Alianza Atlántica se barrunten tales objetivos.
La OTAN ha sido y es elemento central de descrédito del sistema de Naciones Unidas. Pocas veces se recuerda que, cuando la Alianza celebró su quincuagésimo aniversario, en 1999, aprobó una declaración en virtud de la cual señalaba que en adelante sus acciones militares no tendrían por qué ajustarse a una resolución específica del Consejo de Seguridad de la ONU. Quien piense que Estados Unidos violenta la legalidad internacional mientras, en cambio, la OTAN se muestra escrupulosamente respetuosa haría bien en repasar sus conocimientos.
Cuando el presidente español, Rodríguez Zapatero, defiende su proyecto de una Alianza de Civilizaciones, infelizmente separa de manera artificial el mundo de lo cultural y lo civilizatorio, por un lado, y el mundo de la economía y los hechos militares, por el otro. Y es por desgracia este segundo universo el que determina la mayoría de los problemas y tensiones en el planeta contemporáneo. La Alianza Atlántica configura, en esa trama, un instrumento central para ratificar atávicas exclusiones y desigualdades.

Carlos Taibo
Profesor de Ciencias Políticas,
Universidad Autónoma de Madrid
ccs@solidarios.org.es