23.02.2007Los riesgos de las remesas

El 70% de los inmigrantes que viven en España destinan más del 24% de sus ingresos al envío de remesas a sus países de origen. Las remesas se han convertido para muchos de los que se quedan en el único medio para sobrevivir. Los inmigrantes envían 180.000 millones de dólares desde los países ricos a sus países de origen. Las remesas son hoy uno de los factores más importantes para la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos que viven en los países empobrecidos. Los envíos desde España, por ejemplo, multiplican por tres el presupuesto anual del ministerio de Asuntos Exteriores y superan, por mucho, el presupuesto de la Ayuda Oficial al Desarrollo.
Las remesas de los emigrantes españoles, portugueses, irlandeses o italianos fueron fundamentales para el desarrollo de estos países durante el siglo XX. Los que se quedaban en casa podían comer gracias al dinero que mandaban los que se habían marchado en busca de trabajo. Los niños iban a la escuela y se invertía en mejorar la higiene y la salud de la familia. (Gracias a esos envíos de dinero, España, Portugal, Irlanda o Italia pudieron salir del pozo en el que se encontraban). La calidad de vida aumentó, la escolarización se universalizó, las tasas de mortalidad descendieron y apareció una clase media que ya no tenía que salir de su país para trabajar y tener una vida digna. Los emigrantes de hoy son un calco de los de ayer. Personas que arriesgan sus vidas en busca de un futuro.
Pero también hoy surgen las primeras voces contrarias a este fenómeno de las remesas que tanto se ha alabado como fórmula para el avance de los pueblos. Para algunos expertos, son divisas que salen de los países de manera incontrolada. Una parte de las remesas se envía por cauces informales, a través de amigos, parientes…
Estos expertos se preguntan si las remesas son un verdadero instrumento para el desarrollo de los pueblos y no una nueva forma de crear dependencia y necesidades.
Muchas familias dependen exclusivamente de las remesas de ese hijo o esa madre que decidió emigrar a un país del Norte. Doscientos dólares al mes pueden suponer la diferencia entre tener o no un plato de comida sobre la mesa. Sin embargo, también es un dinero fácil para aquellos que lo reciben y que, a veces, desconocen en qué condiciones es conseguido: explotación en el trabajo, jornadas laborales de 12 horas, prostitución… En ocasiones, quienes reciben el dinero de sus familiares emigrantes dejan sus trabajos o ni siquiera intentan encontrarlo porque su sustento está garantizado. Y por las calles al preguntar en qué trabajan se oye “yo, tengo mi sobrina en España”.
Cualquiera que viaje a un país empobrecido se encontrará con la “cara” y el olor de la pobreza, pero también con que en ningún tejado falta una antena parabólica y que en ninguna casa falta una gran nevera u otros objetos de consumo de los cuáles se podría prescindir. El dinero, a veces, conseguido de manera tan dura por aquellos que emigran es malgastado por quienes lo reciben. El consumismo más exacerbado es también uno de los peligros de las sociedades de los países del Sur.
También los Gobiernos se han dado cuenta de que la principal y más estable ayuda del exterior viene del dinero que envían sus ciudadanos que trabajan en el extranjero. Países como Pakistán promueven la emigración entre su población “ya que el trabajo de 200.000 emigrantes ayudaría a 200.000 familias del mismo modo que la construcción de cuatro presas y dos carreteras”, explican desde el Gobierno pakistaní.
En el Norte, también surgen peligros. Los bancos y cajas de ahorros de los países industrializados se han puesto a la “caza del inmigrante”, o mejor dicho de su dinero. Un banco español ofrece como reclamo publicitario para los inmigrantes la posibilidad de no pagar intereses por el envío de las remesas, pero a cambio, y eso no lo dicen, tendrán que tener la nómina, la hipoteca y todos los recibos domiciliados en esa entidad. Tampoco dicen que serán los que reciben ese dinero en sus países de origen los que tendrán que pagar un porcentaje en la sucursal de destino.
Las remesas, como la inmigración, son un fenómeno imparable, que no debe convertirse en un instrumento de los gobiernos ni del sistema de consumo. 

Ana Muñoz
Periodista
ccs@solidarios.org.es