China se ha situado como la cuarta potencia económica del mundo, por delante de países como Italia, Francia o Reino Unido. Los medios de comunicación nos recuerdan constantemente el vertiginoso crecimiento chino (su Producto Interior Bruto –PIB- se ha multiplicado por nueve desde 1978) y los rascacielos de Shanghai se han convertido en la imagen del gigante asiático. Los datos que sitúan a China como superpotencia económica e incluso como amenaza para la estabilidad mundial chocan con una realidad muy distinta: China es todavía un país en vías de desarrollo con algunos problemas estructurales que ponen en peligro su supuesto futuro dorado.
El milagro económico chino tiene importantes carencias y debilidades. Es cierto que China se ha convertido en la “fábrica del mundo”, que es el principal exportador de productos tecnológicos y que muchas de sus grandes empresas comienzan a tomar posiciones en los mercados internacionales. Sin embargo, el sector más productivo de su economía, el de la exportación, está ampliamente dirigido por y para extranjeros. El peso del comercio exterior en su PIB ha crecido desde 1978 desde el 5% hasta el 37%. Como afirma Laurence Brahm, “ninguna nación fue tan dependiente del consumo de otros países como lo es hoy China”.
Además, el peso de sus grandes empresas todavía es ínfimo: de las 500 mayores multinacionales (que son las que de verdad dominan la globalización) 244 son estadounidenses, 173 europeas y sólo 58 asiáticas (de las que 46 son japonesas). Ninguna empresa china se sitúa tampoco entre las 300 del mundo que más dedican a I+D. Puede que el gigante asiático se haya convertido en uno de los principales protagonistas de la globalización, pero el control sobre sus procesos económicos está en manos extranjeras.
China, además, se enfrenta a importantes retos territoriales con otros países asiáticos. Taiwán puede ser el conflicto con mayor potencial desestabilizador en toda la zona, pero no es el único. La situación de Hong-Kong puede traer problemas a los dirigentes comunistas, pues supone un reto de libertad y derechos sociales que contrasta con el autoritarismo que se practica en el resto del país. Las regiones autónomas de Xinjiang y el Tíbet, con importantes movimientos nacionalistas, son otro foco de inestabilidad importante. A todos éstos hay que sumar los conflictos de soberanía en algunas islas del Pacífico que pueden ser claves para aumentar la producción de petróleo pero que pueden llevar a enfrentamientos con Japón, Vietnam y otros países de la zona. Todos estos conflictos territoriales abiertos sitúan a China en una posición de inestabilidad y crisis constante, en una imagen mucho más realista de los importantes problemas a los que se enfrentarán los dirigentes comunistas en las próximas décadas.
Pero es en el ámbito interno donde los problemas chinos se manifiestan con mayor crudeza. El crecimiento económico ha alcanzado a muy pocas capas de la sociedad, mientras el grueso de la población se está quedando al margen. La desigualdad y el descontento han crecido en los últimos años y la dictadura china tiene como principal reto alcanzar la igualdad y la paz social, todavía muy lejos.
Las diferencias de calidad de vida entre el campo y la ciudad suponen también una de las brechas económicas más grandes en todo el mundo. La corrupción de algunos dirigentes comunistas es tan extendida que algunos la sitúan como el factor que puede traer más problemas a Pekín en los próximos años. Se calcula que la mitad de la población china no puede permitirse asistencia médica en caso de enfermedad. Los derechos laborales continúan siendo una utopía para los millones de trabajadores chinos. Y hay que añadir el reto de la sostenibilidad: ¿hasta qué punto puede el medio ambiente soportar el crecimiento chino?
El tamaño sí importa. Gestionar un país con 1.300 millones de habitantes, con tantas desigualdades y tan variado, se convierte en un ejercicio de malabarismo. Como escribía Rafael Poch en el diario español La Vanguardia: “Cualquier problema multiplicado por 1.300 millones se convierte en un asunto delicado”.
Como explica Zhang Zilian, un historiador de la Universidad de Pekín: “Este no es el siglo de China, China tiene demasiados problemas para los próximos 50 años”.
Daniel Méndez
Periodista


