En 2050, se habrá triplicado el número de personas mayores de 60 años, que representarán el 32% de la población mundial. Para entonces, el número de esas personas habrá superado por primera vez en la historia al número de niños.
La ONU advierte a España de que tendrá la población más envejecida del mundo dentro de 35 años. Mientras se publican estos datos, en cualquier calle de Madrid hay ancianos que caminan solos por las calles, muchos que ‘matan el tiempo’ en su casa o en una residencia y otros que contemplan a través de la ventana de un hospital como el cielo cambia de color.
Esa mirada se transforma en llamada que a veces recibe respuesta de voluntarios sociales que ofrecen dos o tres horas de su tiempo desde la libertad, la gratuidad, el compromiso y la responsabilidad personal sostenida por un equipo.
Algunas ONG incorporan a ese compromiso la participación en cursos y seminarios de formación para que los voluntarios estén mejor preparados y puedan acompañar a muchas personas mayores que se sienten solas y aisladas.
No confundir los deseos con la realidad evita el desánimo. Es decir, fortalece el compromiso inherente a toda solidaridad que, en el caso de estos voluntarios, se manifiesta en visitar a una persona mayor cada semana, en acompañarlo al peluquero, al médico o a hacer una gestión. El voluntariado busca potenciar lo mejor de cada persona desde el cariño y la compañía para que se convierta en protagonista de su propia vida.
Los conocimientos, la información y los datos sobre la vejez, como los que ha publicado la ONU, no garantizan la dignidad en la vida de los mayores. Trazan un plano de la sociedad en un futuro cercano. Nos permiten conocer con detalle su deterioro físico y cognitivo progresivo, gracias al trabajo de médicos, de psicólogos, de gerontólogos y de trabajadores sociales.
Los Gobiernos promueven y aprueban leyes como la Ley de Dependencia en España, que reconocen ciertos derechos fundamentales de los mayores, con independencia de su trayectoria laboral. Los recursos sociales de hoy ofrecen más posibilidades para mejorar su calidad de vida.
Pero al final, cada persona se enfrenta a su vejez sin que alguien le haya enseñado cómo. No hay educadores para los mayores, como dijo en uno de los seminarios para voluntarios y personas mayores el filósofo y psicólogo de 84 años de edad, Luis Cencillo.
La vejez supone una transformación total de la persona, pero es posible encontrar una nueva felicidad si la persona mayor vuelve a encontrar su nueva identidad a partir de su autoestima, de su creatividad reafirmada y del desprendimiento de sus miedos y de sus apegos. Para el profesor Cencillo, se necesita un gran espíritu para afrontar la soledad en esa etapa de la vida.
El voluntario corre el riesgo de imitar la idealización que hacen muchos medios de comunicación de la vejez, como si se tratara de una Edad Dorada. El cuerpo de anciano con reumas, con problemas de estómago y de próstata encierran a un niño que de pronto se pregunta: “¿Qué fue lo que pasó?”
Ante esa sensación de tiempo perdido de muchos mayores, quizá la única forma para que los jóvenes de hoy se preparen para un momento que les llegará sin previo aviso sea la de desarrollar una libertad que les permita gozar y ser felices, siempre dentro de un equilibrio, pero también por encima de un puritanismo que pretende demonizar toda fuente de placer. No vivir como si fuera el último día, pero sí como si fuera el único.
La ruptura entre generaciones podría encontrar en el voluntariado un lenguaje común mediante la reciprocidad, la escucha activa, el respeto y la empatía. En su búsqueda de la felicidad, cada vez hay más personas mayores que acuden a las organizaciones de la sociedad civil para probar su capacidad de darse a los demás sin esperar nada a cambio. Aunque sea inevitable que el voluntario reciba más que lo que da cuando se deja querer y desecha un paternalismo que, en el fondo, desprecia a las personas.
Carlos Miguélez Monroy
Periodista
ccs@solidarios.org.es


