“En el siglo XXI, la soberanía no es lo importante; lo importante es el interés común”, explica el Dalai Lama. Por eso, defiende en una reciente entrevista que lo que le interesa al Tíbet es permanecer dentro de la República Popular China.
Cuando Mao invadió el Tíbet en 1950, era un territorio con escasa población y una sociedad feudal tradicional que permanecía en un profundo aislamiento internacional, como demuestra que la aristocracia de Lhasa y un Dalai Lama menor de edad rechazaran la posibilidad de formar parte de Naciones Unidas. Los tibetanos vivían en la pobreza y prácticamente ignoraban el uso de la rueda. En la actualidad, el tren llega a Lhasa, los niños van a la escuela y los tibetanos pueden elegir a su Gobierno. El Dalai Lama lleva años defendiendo la idea de una Vía Intermedia que permita la plena autonomía del Tíbet, pero dentro de China. De algún modo, esto llevará a la desaparición del Tíbet genuino, como él mismo dice, “el Tíbet es una especie en peligro de extinción”. En el futuro, habrá una transferencia de culturas: China recogerá algunos valores budistas y el Tíbet se hará más chino. “Dado que no buscamos la independencia, la cultura tibetana será parte de la china. La enriquecerá”, según el Dalai.
Hoy, el número de chinos que vive en esta región, cerca de ocho millones, es más numeroso que la población de origen tibetana. Al mismo tiempo, más de un millón de chinos aprenden budismo con “profesores” tibetanos y algo parecido ocurre en la frontera norte de India. Para el Dalai Lama esto son señales positivas que llevarán a los tibetanos a asumir su responsabilidad sobre su futuro. La religión quedará en un segundo plano. De hecho, el Dalai hoy no tiene ningún poder político sobre los destinos del Tíbet, después de que en el año 2001 cediera la autoridad política a los políticos. “La cuestión del Tíbet es tibetana, no del Dalai”, explica el premio Nobel de la Paz.
Volver a la tradición budista de India es uno de los objetivos del Dalai, que viene a defender la idea de que no existe la reencarnación. “El Buda murió, pero no se reencarnó”, explica. Un proverbio budista dice “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Durante mil años la reencarnación no tenía nada que ver con el budismo. Había buenos maestros, buenos practicantes y mentes sabias que ayudaban a comprender un modo de entender la vida. Para el Dalai Lama, la reencarnación no es más que la idea de trascendencia que también está en el origen de otras religiones y tradiciones antiguas. Se trata de un modo de explicar qué ocurre tras la muerte y supone una ayuda para comprender la vida. Es duro pensar que “se nace, se vive y muere”.
El líder espiritual del Tíbet es también crítico con la situación que vive su pueblo. Para él, “el Tíbet sufre un genocidio cultural sin precedentes”. Los niños van a la escuela, donde les enseñan exclusivamente chino. El tibetano se ha dejado de escuchar en las calles y los monjes y monjas budistas son perseguidos e, incluso, torturados. Según los últimos datos de la ONU, cada año escapan entre dos mil y tres mil tibetanos hacia India, muchos de ellos sin intenciones de volver a sus hogares. Es preocupante, según el Dalai, que las autoridades chinas tengan planes de que la población de Lhasa crezca a más de medio millón de personas y le preocupa que los ríos lleven cada día menos agua y la construcción de grandes presas. Sin embargo, en China también se están produciendo cambios y transformaciones de manera muy rápida. China es una de las economías más fuertes en la actualidad y esto llevará a que se produzcan cambios sociales y, también políticos. “Hoy los comunistas chinos son comunistas sin ideología comunista y los líderes chino ya no se preocupan por los pobres. Sólo por mantener su poder y por el dinero”, explica. Esta situación no durará toda la vida… Y entonces será el pueblo tibetano quien tenga la última palabra.
Ana Muñoz Álvarez
Periodista
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