18.05.2007Mi Europa

Nuestra tierra común está llena de contradicciones. Los europeos hemos escalado las cimas más sublimes: Cervantes, Beethoven, la Ilustración, los derechos humanos, la pasión por la igualdad o el Estado del bienestar. Pero hemos descendido también a los abismos más profundos. Como dice Amos Oz, “Europa, ese continente maravilloso y asesino”.
Es muy ilustrativo del ser europeo que los horrores de las Guerras Mundiales inspiraran una idea nueva y radical para la unificación del continente. Intentos había habido desde largo tiempo, pero el proyecto alumbrado tras la tragedia es nuevo y genial: la unidad en libertad; la paz a través de la apertura y la integración. La semilla dio un hermoso fruto. Ha creado una comunidad de Derecho. Hace ya más de medio siglo que la paz y la estabilidad son realidades cotidianas de nuestro continente. Y no son resultado del equilibrio de poderes, sino consecuencia de normas e instituciones sólidas que se mantienen más allá de los avatares de la lucha política.
Pero eso es sólo una parte de lo que hace a la UE tan especial. La otra es los valores sobre los que se funda: democracia, tolerancia, derechos humanos, solidaridad y justicia social. Estos valores sustentan nuestras leyes y nuestras instituciones, y las hacen sólidas. Son los que nos convierten en una Unión política, más allá del vínculo económico. Es un logro de proporciones históricas. Por eso tuvo y tiene pleno sentido condicionar la entrada en la Unión a la aplicación real de esos valores y al compromiso de defenderlos.
Si compartimos nuestros recursos y trabajamos juntos podremos moldear nuestro futuro de manera más brillante y prometedora de lo que ninguno de nosotros podría hacerlo solo. Esto es aún más importante en un mundo en el que convivimos con la violencia, la opresión y la pobreza extrema. Un mundo en el que muchos no comparten nuestro compromiso con el multilateralismo y el Imperio de la Ley.
Debemos continuar por la senda de la construcción europea. La Unión es un proceso. Y por ello, necesitamos cambios: en qué cosas hacemos y en cómo las hacemos; en cómo nos comunicamos con los ciudadanos, en cómo gastamos su dinero, en cómo nos relacionamos con el mundo.
Por encima de todo, necesitamos salvaguardar la capacidad de Europa para actuar. Nuevos actores se incorporan a los centros de poder y decisión; cambian también los grandes flujos económicos; las tendencias del pensamiento se alejan en muchos casos de nuestro modelo humanista; la innovación científica y tecnológica se extiende a regiones donde hubiera sido impensable encontrar ese tipo de conocimiento hace unas décadas. Ante esos cambios profundos, ante esos retos, nuestra Unión está reaccionando con una paralizante estrechez de miras. Cuando más alerta debemos estar, cuando más demanda de Europa hay en el mundo, la Unión se ha replegado sobre sí misma en una estéril crisis institucional. No podemos continuar así. Debemos resolverlo cuanto antes y abordarlo con decisión porque Europa significa no sólo grandes ideas, también realizaciones concretas: el mercado único, el euro, la ampliación, el desarrollo de capacidades para llevar a cabo operaciones militares y civiles de gestión de crisis. Pero nuestros ciudadanos quieren algo más que un mercado y un proyecto de estabilización regional. Quieren que la Unión sea un actor global y que sea un factor de paz.
La política internacional sólo se puede hacer hoy en día desde plataformas continentales. Europa tiene intereses que preservar, amenazas a las que hacer frente, problemas que le afectan y debe resolver. Para cumplir estos objetivos tenemos que desarrollar una auténtica política exterior y una política de defensa y seguridad. En los últimos años hemos avanzado mucho, pero sólo gracias a la convicción y al trabajo duro, a la buena voluntad de muchos, improvisando soluciones. Sólo podremos desarrollar una auténtica política exterior si nos dotamos de las estructuras necesarias.
Hay una relación muy especial entre política exterior y construcción europea. Estoy convencido de la causalidad entre cómo nos definimos y cómo actuamos en el exterior. Lo que hacemos en el mundo es reflejo de lo que somos. Hay una forma europea de hacer las cosas, de abordar los problemas internacionales: dialogar, cooperar, tender puentes, y también proteger al vulnerable, hablar en nombre de aquel al que obligan a callar.
Pero la relación entre identidad y política exterior se manifiesta en los dos sentidos. Actuamos reflejando lo que somos, pero también ese “somos”, se va moldeando según actuamos juntos. Nuestras experiencias conforman lo que queremos ser. Tenemos que actuar en un mundo cada día más complejo y más peligroso. Un mundo en el que asistimos a un renacimiento de políticas excluyentes, que se definen por oposición al otro. Pero ninguna de esas políticas se define frente a Europa: somos vistos como parte activa pero no como factor de amenaza. Y es así por el legado de la idea sobre la que nos fundamos: leyes e instituciones sólidas; búsqueda sin descanso del consenso, espíritu de compromiso. Ello nos permite jugar un papel único.
En Europa hemos sido capaces de abandonar el viejo y estéril concepto de basar nuestra seguridad en la debilidad del otro. Ahora sabemos que seremos fuertes y prósperos si nuestros vecinos lo son. Y debemos dar el siguiente paso: ser factor de paz en la Comunidad Internacional. La juventud europea es generosa. Participa en multitud de acciones destinadas a paliar la situación de los que más sufren. Lo que empezó como un proyecto de paz europeo debe en el siglo XXI ser un factor de paz en el mundo. Nuestros jóvenes estarán sin dudar tras un proyecto de esta naturaleza porque son los principales portadores del sueño de un mundo así. Nuestros ciudadanos lo demandan. Es lo que se espera de nosotros fuera de Europa. Tenemos los medios: somos 500 millones, generamos un cuarto del producto bruto mundial, la primera potencia comercial, representamos la mitad de la ayuda al desarrollo. Con estos materiales se debe construir mucho y muy alto.
Europa, un actor global. Hablando con una sola voz. Factor decisivo en la paz y la estabilidad mundiales. Elemento insoslayable en la solución de cualquier conflicto o crisis internacional. Punto de referencia para un mundo basado en normas e instituciones sólidas y respetadas. Ésa es mi Europa. Y creo de todo corazón, que ese puede y debe ser el próximo logro. Tenemos la capacidad. Pongamos la voluntad política. Y hagámoslo realidad.

Javier Solana
Ex Alto Representante para la Política Exterior de la Unión Europea
ccs@solidarios.org.es