08.06.2007Expandir el tiempo

Existen momentos mágicos. Se presentan de repente, llegan así, como si nada. Siempre te sorprenden. Los griegos utilizaban el término kairós para referirse a ellos, en lugar del conocido kronós, siempre 24 horas, 60 minutos, 60 segundos.
Estos momentos mágicos, hay que saber atraparlos, dejarse llevar por el ambiente, por la estética o por el silencio.
Brindis al Rey: “Majestad, brindo por Usted, por España y por la Paz” y, vuelto de espaldas, lanza su montera que va pasando de mano en mano, fila a fila, hasta el Palco Real, desde donde preside acompañado por la Presidenta de Madrid y por el Ministro de Justicia.
En la Corrida de la Beneficencia se entregaba este dinero para obras de caridad, ayudar a los pobres, a los enfermos, a los ancianos. Las efectuaban instituciones del Ministerio de Justicia y órdenes religiosas asistenciales. Durante la República, eran asociaciones laicas de auténtica beneficencia. Ahora se entregará “a una ONG”. No estoy de acuerdo, porque las ONG no se dedican a la beneficencia, sino a la causa de la justicia, a denunciar abusos y aportar propuestas alternativas, a alertar la conciencia de la sociedad y a formar voluntarios sociales. Ahora, la moda es meter en todo a las ONG, como si fueran los héroes de la Hora 25. ¡Si somos enanos caminando a hombros de cuantos nos precedieron! Como si la beneficencia no fuera todavía necesaria, y siempre lo será en los modos aunque sin crear asistencialismo.
Como ya me han jubilado, aunque elevado a la condición de Profesor Emérito, me dedico a encontrar el ritmo adecuado a mi edad y situación. Mantengo la Bitácora de un jubilata, un blog que me distiende y desde el que intento recuperar el sentido del humor, vital para relajarse y no sucumbir a las tensiones.  Por eso me vengo a las Ventas.
Hoy torea Morante de la Puebla, de toreo hondo, antiguo, clásico y que no sonríe, asesorado por el Maestro Rafael de Paula, gitano y siempre misterioso, con su barba blanca, sombrero de ala ancha y su buen veguero en la mano. Sentencioso en el decir cuando le acercan el micrófono.
¡Cómo maneja este hombre la capa!, como una falda de volantes, en esta etapa femenina del hombre que, a las cinco solares de la tarde, va con medias de seda de color rojo, con ropa de seda ajustada, marcando paquete, que enfunda bailarinas y que camina con pasos de ballet, mueve la cintura al citar, y sólo cuando fija, manda y templa, cuando la muleta habla desde una muñeca ágil y firme a la vez, con cadera caída, y los pies fijos clavando el ángulo que marcan los cánones, hace su aparición el macho hasta que logra hundírsela y metérsela hasta la bola, el estoque, digo, y es cuando, con la mano en la cintura y en el otro antebrazo la muleta plegada, saca la pelvis y con todo el erotismo del mundo desafía al toro moribundo, le grita, aleja con un brazo extendida y la mano volandera a la cuadrilla, porque ese momento de intimidad es suyo y sólo suyo… mientras respeta y admira y aclama con la barbilla pegada al pecho, la nobleza y el valor del icono totémico muerto. A sus pies, y temblándole las piernas mientras devuelve el aire acumulado por la tensión y el miedo.
Hubo un tiempo en que, cuando el toro había sido bravo y noble, había puesto al torero a la orilla del barquero, enviaba a su mozo de espadas al desolladero para que le subieran los huevos del toro y se los preparasen para la cena. No olvidemos el drama que se desarrolla sobre el altar de la plaza a las cinco en punto de la tarde: luchar contra el Minotauro seduciéndolo para liberar a Ariadna mediante el hilo de una vida humana.
Desde que me he acercado a la Jubilatería, pasé la dura prueba de la adaptación, que no aceptación, de este estado para la que nadie nos prepara. Preparamos al niño para ser adulto pero no al hombre para ser viejo. De ahí que éste no sea más que un niño asustado que, encerrado en un cuerpo usado, pregunta aterrado qué ha pasado.
El jubilata no es que ahora disponga de más tiempo. El tiempo no existe, lo vamos creando según lo necesitamos. El arte está en recuperar el sentido de este tiempo, su valor y tratar de obrar en consecuencia. Es cierto que la agenda disminuye en obligaciones y se abre en posibilidades que, quizás en el pasado, uno ha descuidado en beneficio de otras urgencias. De ahí, que la gente no comprenda cuando personas que hemos trabajado duro digamos que ahora nos sentimos con las manos vacías… y con ausencias y la sensación de no haber hecho nada… en comparación con lo que hemos tenido la terrible oportunidad de descubrir.
El torero sale algo sonado, como un boxeador que se empeña en regresar el ring, aquí al altar en donde se enfrentan el hombre y la bestia, el ángel y el demonio, lo masculino y lo femenino, el arte y la fuerza, el alma y el cuerpo.
Dios, qué emoción: con la capa se lo lleva desde las tablas a los medios, ganando terrenos.  Silencio, va por verónicas increíbles, de ensueño, cuando esperábamos delantales… qué maravilla, qué lances. ¡Va a banderillear el torero! La plaza se viene abajo. ¡Qué tres pares, reunidos y precisos, asomándose al balcón y rematando la faena. La plaza en pie, y el Rey, y el Ministro y la Presidenta y la bandera en pie y aplaudiendo mientras se detiene el tiempo!
Sí que vale la pena vivir apasionadamente estos momentos de magia, de misterio, pues pasa el sufrir y el gozar pero queda el haber sufrido y el haber gozado y, después, ¡que salga el sol por Antequera! Al final, el torero nos llevó más allá del espacio, en volandas y suspendidos en una magia que ni se entiende ni se abarca ni se puede compartir. Morante estaba traspuesto, se gustaba, se recreaba, se alargaba, mandaba y templaba y los aplausos y los olés llenaban la plaza mientras el Maestro entraba a matar y, después, se retiraba llorando hasta su gente mientras apoyaba la frente contra las tablas con un respeto imponente que se iba con la tarde y había conseguido expandir el tiempo.

José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid
fajardoccs@solidarios.org.es