06.07.2007Ruta siberiana

En nueve días de viaje desde el lago Baikal hasta los montes Urales a bordo del Transiberiano apenas se puede adivinar la inmensidad de esa remota Siberia que hace de Rusia el país más extenso del mundo.
El avión se posa en Irkutsk, en una ciudad que a Julio Verne se le aparecía en la distancia como “mitad bizantina, mitad china”, aunque vista de cerca le parecía totalmente europea. Pero el imaginativo novelista nunca puso los pies en ella. La ciudad está dominada por una naturaleza poderosa que no se deja domar. Rodeada por los bosques interminables de la taiga, apenas surcados por escasas vías de comunicación y los necesarios tendidos eléctricos, Irkutsk es atravesada por el río Angará, afluente del Yenisei, hacia el que corren las aguas del lago Baikal, que contiene la quinta parte de las reservas mundiales de agua dulce.
Si dejara de recibir los caudales de los más de 300 ríos que lo alimentan, el Angará tardaría aún cien años en vaciarse, desaguando al mismo ritmo actual. Su caudal es tan intenso que le hace ser el único río siberiano que no se hiela en invierno. En el lago viven las únicas focas de agua dulce que se conocen en el mundo y la calidad de las cervezas elaboradas en la región a causa de la pureza de sus aguas no tiene competencia. Apenas un centenar de kilómetros al sur del lago corre la frontera que separa Rusia de Mongolia y del desierto de Gobi, áspero corazón del Asia oriental.
En el verano de 1661, un funcionario ruso informaba desde Irkutsk a su superior, el gobernador de la región del Yenisei, sobre la nueva cárcel por él edificada: “El lugar donde Dios me ha aconsejado construir la cárcel es el mejor, con campos cultivables, pastos para el ganado y recursos pesqueros, todo muy cercano”. Con ello inauguraba la tradición de prisioneros y deportados que irían repoblando Siberia (y muriendo en ella), que Stalin prolongaría hasta el siglo XX, como narra Kapuscinski en su estremecedor relato de viajes El Imperio.
Atravesando la taiga se llega a Novosibirsk, sobre el río Obi. El origen de sus habitantes no es solo carcelario, sino que se adscribe ya a la gran innovación que supuso el ferrocarril en el s. XIX, pues fueron los obreros que construían el Transiberiano los que la hicieron nacer. Hoy es la tercera ciudad rusa y posee una arraigada tradición cultural, como muestra su teatro de ópera y ballet, mayor que el Bolshoi o la Scala, que atrae a un público enamorado del arte musical escénico.
Es una obligada visita la cercana “Ciudad de los Sabios”, que ayuda a recordar el ingente esfuerzo desarrollado en la Rusia soviética para transformar a un país atrasado y sumido en la superstición en la gran potencia científica que compitió en términos de igualdad con los más avanzados países del mundo occidental.
Prosigue la ruta siberiana, penetrando en la estepa que bordea la taiga por el sur, hasta los montes Urales, separación hidrográfica entre Asia y Europa. Allí, se hace escala en Ekaterimburgo (la antigua Sverdlovsk) y contempla, atónito, el recuperado culto religioso en memoria de la familia del último zar, allí asesinada en 1917. Templos y monasterios ortodoxos a los que acuden en procesión jóvenes y viejos, persignándose devotamente y ejecutando profundas reverencias ante el atrio de la entrada.
La iglesia ortodoxa rusa ha concedido a Nicolás II, su esposa e hijos la categoría de mártires. La degenerada estirpe de los Romanov se eleva a los altares para pasmo de cualquier conocedor de las andanzas de las últimas personas de sangre real que gozaron de los privilegios a la condición de “Zar de todas las Rusias”. Y para júbilo de la renacida industria de iconos y recuerdos sacros. El negocio de lo sagrado siempre ha sido rentable.
Siberia, lejana e inescrutable, encierra riquezas naturales sin cuento, recursos de todo tipo en los que se sustenta la actual potencia económica rusa. Un clima a prueba de espíritus esforzados y una naturaleza indómita, son las señas de identidad de estas lejanas tierras cuyos habitantes contribuyen al esfuerzo colectivo de la Rusia de hoy y a configurar una gran esperanza de futuro, basada en sus todavía inexplotados recursos.

Alberto Piris
General de Artillería en la Reserva
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