08.11.2007Suiza, entre el “lavado de dinero” y el “lavado de cara”

Durante décadas, el eficaz y opaco sistema bancario suizo fue sinónimo de refugio del dinero de dictadores, malhechores, traficantes de armas y de drogas, de políticos y de empresarios corruptos. El secreto bancario permitía ocultar la verdadera identidad de los beneficiarios de cuentas numeradas, de depósitos a plazo abiertos a fondos de dudosa proveniencia.

En la mayoría de los casos, el dinero de esos controvertidos personajes estaba custodiado por los llamados “gnomos” de Zurich, Ginebra, Berna o Lugano, es decir, por financieros de altos vuelos que se enorgullecían de manejar las cuentas de personas non gratas en sus respectivos países, como el emperador etíope, Haile Selassie, el Sha de Persia, dictadores como el rumano Nicolae Ceausescu, Manuel Noriega o Jean-Claude Duvalier, el zaireño Mobuto Sese Seko, el nigeriano Sani Abacha, el angoleño José Eduardo dos Santos, y un largísimo etcétera.

Si en los años 70 los bancos suizos fueron incapaces de llevar a cabo las gestiones pertinentes para satisfacer las demandas de los Estados que reclamaban la devolución del dinero sustraído en la mayoría de los casos al erario público, a partir de la década de los 80 la postura de la Banca experimentó un cambio radical. Todo empezó con la identificación de los fondos depositados en Suiza por el dictador filipino Ferdinand Marcos, unos 358 millones de dólares, congelados por orden de las autoridades de Berna. Siguieron otros episodios protagonizados por numerosos hombres públicos: presidentes, ministros, altos cargos de gobierno… Los bancos estaban obligados por ley a conocer la identidad real de sus clientes. En el caso concreto de las llamadas “personas expuestas políticamente” (PEP), categoría especial de ex clientes privilegiados, se estableció un protocolo que permite bloquear rápidamente los fondos depositados en Suiza. “Ello se consigue a veces con una simple llamada telefónica, que suele preceder a una demanda formal”, señala un alto cargo de la Administración federal suiza. Nada que ver con los viejos tiempos, en los cuales la Banca helvética se había especializado en el “lavado de dinero”.

Después de los escándalos financieros de los años 80 y 90, como el affaire de los fondos de las víctimas del Holocausto, la Confederación optó por el “lavado de cara”. Tanto el Gobierno como la Banca analizaron con sumo detenimiento los pros y los contras de este cambio de rumbo, haciendo hincapié en la necesidad de acabar con el mito de Suiza como paraíso fiscal. A las presiones ejercidas por organismos pertenecientes al sistema de Naciones Unidas se sumaron las exigencias de la Comunidad Europea, interesada en levantar el tupido velo que oculta la identidad de los ciudadanos comunitarios que disfrutan de los servicios, y ventajas, del sistema financiero suizo. Aunque Bruselas no logró su principal objetivo, que consistía en desenmascarar a los autores de “delitos monetarios”, la UE supo imponer a los “gnomos” un complejo sistema de devolución de capitales, basado en el prorrateo correspondiente a los fondos/depósitos de los ciudadanos de “los 27”. Un sistema que permite adivinar el monto de los depósitos, pero sin revelar la identidad de los clientes.

Si en el caso del Viejo Continente se ha podido llegar a un acuerdo, la situación es mucho más delicada a la hora de tratar con los Estados del mundo en desarrollo. Al devolver a las autoridades nigerianas la mitad de los fondos depositados en Suiza por el general Sani Abacha, unos 458 millones de dólares, los helvéticos solicitaron a los expertos del Banco Mundial que velasen por la utilización del dinero para la puesta en marcha de proyectos de desarrollo. El mismo criterio se quiso emplear para la entrega al Gobierno de Kazajstán de los 90 millones de dólares pertenecientes al clan del Presidente Nazabarev, que cobró comisiones para la venta de petróleo.

Según las autoridades de Berna, la nueva política suiza está basada en el acatamiento de la normativa del Convenio de Naciones Unidas de lucha contra la corrupción de 2003, que contempla la entrega del dinero negro al país perjudicado por la actuación de personajes corruptos. Sin embargo, hay quien cree que el nuevo modus operandi no pretende disuadir a los delincuentes económicos. El “lavado de cara” no es, al menos en apariencia, incompatible con el “lavado de dinero”. Pero lo cierto es que en los últimos años Suiza ha dejado de ser el “refugio dorado” del dinero de los dictadores.

Adrián Mac Liman
Analista político internacional
ccs@solidarios.org.es