18.04.2008Contracultura de la solidaridad

Nadar a contracorriente para mí significa intentar establecer la contracultura de la solidaridad, es decir, según Óscar Jara, “la cultura crítica que se construye en conflicto con la cultura dominante, a partir de la vida real y de la reflexión y sus conclusiones sobre acontecimientos concretos”.
 Según el sociólogo Rafael Díaz-Salazar, la solidaridad es la construcción moral edificada sobre tres dinamismos:

1)      El sentimiento compasivo que nos lleva a ser unos para los otros.
2)      Actitud de reconocimiento que nos convoca a vivir unos con otros, dando y recibiendo unos de otros.
3)      El valor de la universalización que nos impela a hacer unos por otros.

 La solidaridad significa un cambio radical en el modo de comportarnos los humanos. La solidaridad va ligada a la justicia y no puede haber solidaridad sin justicia. Joaquín García Roca afirma que “la solidaridad ha de mostrar su autenticidad en la realización de la justicia hacia cada ser humano, en la lucha contra las estructuras injustas y el compromiso por la construcción de una sociedad más justa”.
La solidaridad es una alternativa a una sociedad basada en la desigualdad y la injusta distribución de la riqueza. Hoy se consume solidaridad a la carta. En demasiadas ocasiones se ha presentado la solidaridad como espectáculo que enmascara los problemas sociales, políticos y económicos de fondo, provocando reacciones emocionales, sin análisis crítico de la realidad.
Como dijo Ignacio de Senillosa, se ha impuesto “una solidaridad epidérmica en la que se explota la arteria que va del corazón a la cartera”.
La contracultura de la solidaridad debería tener como objetivo transformar los modos dominantes de pensar, sentir y actuar.
Ignacio Ramonet afirma que “Hoy es muy intimidante no pensar como todo el mundo”.
Nadar a contracorriente es establecer la contracultura de la solidaridad como encuentro que coloca en primer plano a los beneficiarios de las acciones solidarias, cuya situación personal o colectiva hacemos nuestra. De este modo, aplicamos el principio del filósofo romano Terencio “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”, para muchos el principio básico de la solidaridad.
La solidaridad como encuentro se convierte en una actitud transformadora, radical porque va a las causas de los problemas. La solidaridad transformadora supone la experiencia de encontrarse con el mundo del dolor y de la injusticia y no quedarse indiferente. Significa, además, la capacidad de pensar y analizar, lo más objetivamente posible, la realidad tan inhumana que nos envuelve.

María Teresa de Febrer
PROSALUS
mt.defebrer@prosalus.es