03.07.2009Caballeros andantes

Alguna vez he comparado a los  voluntarios sociales con los míticos caballeros andantes. Porque con su transparencia asumen la causa de los más débiles, denuncian las estructuras de poder injustas, se ponen en camino y se saben responsables solidarios que no hallarán descanso mientras exista una sola persona o comunidad explotada, marginada o ignorada. Tienen el idealismo y andadura de ese Caballero de la Triste Figura que se mueve en un mundo donde le toman por loco por no seguir el pensamiento único del mercado, la competitividad y los beneficios.
Algunos piensan que corremos el riesgo de una saturación de voluntarios. No lo creo. Al igual que la intensidad de una amistad no se mide por el tiempo que se pasa con el amigo, la intensidad y la calidad del voluntariado social se miden por la calidad de las horas invertidas en el servicio. Lo contrario podría influir en la continuidad de los voluntarios, pero para eso están los códigos de conducta del voluntariado social que se aprenden en los cursos de formación continua y en la supervisión por los responsables de la ONG.
El voluntario debe ver los problemas con perspectiva y saber que él es una pieza más en un proceso de reinserción o en la resolución de un problema. Una persona sin hogar que lleva quince años en la calle no puede pasar de la noche a la mañana a vivir una situación de completa normalidad. La implicación intensa para conseguir resultados a corto plazo puede conducir a la decepción del voluntario o al aborto de resultados más firmes aunque a más largo plazo.
Siempre he sostenido la necesidad de formación para que el voluntario se desenvuelva en un entorno determinado, pero sobre todo un cierto aprendizaje en la sensibilidad, en el respeto y en la aceptación del otro, tal como es y sin pretender cambiarlo. Nosotros no vamos a enseñar nada ni a cambiar a nadie, sino a ayudar a transformar a quien lo desee, desde su propia realidad, en la maduración de sus señas de identidad. Sólo una actitud contemplativa, brotada del silencio, puede fundamentar y dar sentido a un vivir coherente.
El voluntariado social no es sobre todo una actividad asistencial con las personas marginadas, porque eso podría crear dependencia. La acción voluntaria tiene un componente asistencial decisivo en la resolución de problemas inmediatos, pero trata de buscar la colaboración mutua, la autonomía y, en definitiva, la felicidad para aquellos que no la tienen. Dan de comer pero preguntan por qué tienen hambre, y junto a la protesta aportan una propuesta alternativa.  Un voluntario puede ayudar a un discapacitado a sortear una barrera arquitectónica, pero su responsabilidad será pedir a quien corresponda que desaparezcan las barreras. Su misión social se encamina hacia eliminar las barreras mentales frente a las diversas formas de exclusión social.
Algo mejor que hacer el bien es procurar que otros lo hagan. El voluntariado es para todos y ahí radica su eficacia social.
A veces se acusa al voluntario social de amortizar puestos de trabajo. Nada más falso. Pues eso supondría un intrusismo generador de mano de obra barata y, por tanto, de injusticia social. Igual sucedió con la prestación sustitutoria del servicio militar, hubo entidades que intentaron aprovecharse de los objetores de conciencia. Pero no prosperó en donde cada organización seria fue coherente con su concepción del voluntariado social.
Los voluntarios sociales son mensajeros de justicia y de paz que saben robar unas horas a su tiempo para ayudar a que los demás se ayuden a sí mismos. Por eso los voluntarios sociales siempre serán necesarios, pues el modo en que ejercen su servicio a los más necesitados no interfiere sino que complementa la labor de los profesionales.
Es un error sostener que a los jóvenes les asustan el orden y la exigencia. Al contrario, si a un joven le pides poco no te dará nada, si les pides mucho te lo dará todo. Ésa es la experiencia con los voluntarios sociales que asumen un compromiso movidos por la compasión o espoleados por la injusticia. Lo que admiran y respetan no es la educación como transmisión de conocimientos sino la capacidad de los maestros para extraer lo mejor de cada uno de ellos.

José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
fajardoccs@solidarios.org.es