27.11.2009Magia y Hechiceros (I). Magia

Al descubrirse la escritura, que muchos pueblos siguen sin necesitar para transmitir sus saberes, el hechicero se transforma hasta convertirse propiamente en mago o en médico/sanador (guérisseur) en los antípodas del brujo que actúa sin escrúpulos éticos, se vale de la compulsión por el miedo, vive al margen de la ley y es enemigo de la auténtica religión.
Uno de los cometidos principales de los hechiceros, magos o sanadores, es combatir las malas influencias e ignorancia de los brujos y arrancar a los incautos de sus garras porque la verdad hace libres y la sabiduría produce la felicidad y el sosiego. La enseñanza mágica se transmite en verdaderas escuelas. Sacerdote y mago se identifican cada vez más hasta convertirse la magia en un aspecto saludable de la religión.
La magia es una técnica considerada como un arte o una ciencia que pretende obtener efectos que, aparentemente, superan a los naturales mediante la recitación de una fórmula, la realización ritual de determinados actos o la ingesta de ciertos productos. Se concitan así los poderes de la influencia psicológica, de la excitación de las fuerzas ocultas de la naturaleza y de los contrastados poderes del ayuno o de las propiedades de determinados alimentos.
Originariamente, la magia, aunque trate de operar sobre poderes ocultos, procede de la observación primitiva de que causas similares producen efectos idénticos y que la acción sobre la parte repercute sobre el todo. Puesto que para los primitivos, y aún en nuestros días en África nadie dice su nombre a un extranjero, es lo mismo el nombre que la cosa, se considera que la palabra es capaz de producir efectos mágicos saludables. La magia tuvo una gran importancia en la antigüedad y muchas instituciones proceden de ella: la dignidad real tuvo un origen mágico y los primeros médicos fueron magos.
En Mesopotamia, caldeos y asirios poseyeron secretos de magia y adivinación sorprendentes; en Egipto, se conoció una magia lícita y otra ilícita y su impresionante conocimiento de la medicina, de la astronomía y de las demás ciencias es inseparable de la magia. Los hebreos la citan con frecuencia en la Biblia, y Moisés no hace sino magia cuando levanta en alto la serpiente de bronce; así como la circuncisión se realiza mediante ritos que dinamizan el mito de la pertenencia al pueblo elegido para afirmar una práctica higiénica. La India con sus mantras, sus ritos y el mismo yoga tiene una etiología mágica. Grecia y Roma son ricas en prácticas mágicas y en formidables ritos de iniciación en interesantísimos misterios que abordaremos en su día. El Judaísmo medieval tiene una vena mágica indudable en la cábala, la alquimia y el uso de amuletos que dieron lugar a una corriente mística. El Islam es rico en sahumerios, talismanes y amuletos, hechizos y horóscopos por la creencia en los yinn o espíritus que había que propiciar.
Como siempre, había una magia lícita o blanca y una ilícita o negra cuya calificación correspondía a los poderes constituidos para asegurar la autoridad y el mantenimiento del orden.
En cuanto al Cristianismo, es el caleidoscopio más rico y cercano que poseemos con sus persecuciones y sus ritos que proscribían unas y fomentaban o toleraban otras de plena actualidad, pero con nombres diversos. Su estudio es fascinante y abre la mente hacia perspectivas de libertad, de alegría y de mundos nuevos secuestrados durante siglos por los cancerberos del gozo de considerar la vida como un don. Que ese y no otro es el origen de la magia.

J. C. García Fajardo
fajardoccs@solidarios.org.es