Un discípulo corrió a los pies de su Maestro y le suplicó diciendo:
- ¡Venerable Señor! ¿Cómo puedo liberarme?
- ¿Y quién te ata?, – le preguntó plácido el Maestro mientras miraba alrededor del discípulo.
- ¡Nadie!, Maestro.
- Pues, ¿entonces?
La mente que ata es la mente que libera. La libertad auténtica no nos la puede dar nadie. La libertad es un quehacer, una tarea que dura toda la vida. Nadie puede ganarla para otro, porque la libertad no es un concepto ni una idea sino una experiencia.
O como dice un viejo amigo. ¡No se puede experimentar sino experienciar! Y, entonces, ya nunca se olvida su sabor. Es evidente que esa experiencia se puede aplicar a otras realidades.
J. C. G. Fajardo
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