15.04.2011Eficiencia en el uso de los servicios sanitarios

Nuestra salud, como el amor, forma parte de esas intangibles cosas de la vida que sólo apreciamos cuando las perdemos. En ese momento, muchas veces ya no tenemos la capacidad para defenderla. No comprendemos hasta que es demasiado tarde lo que supone disfrutar de respirar, andar, vestirse o comer lo que a uno le apetece. Además, hemos apartado de nuestra vida cotidiana todo lo que tiene que ver con la enfermedad, arrojando a los enfermos de nuestra casa y enviándolos a las nuevas leproserías: hospitales, residencias y centros de rehabilitación. Es así como la salud deja de ser un bien humano, y se convierte en un servicio público.
Junto con una adecuada financiación y una política farmacéutica razonable, la eficiencia en el uso de los servicios sanitarios es la tercera pata que hace sostenible la sanidad pública. Significa no despilfarrar, utilizar los servicios para quién, cuándo, cómo y dónde los necesite. En esa labor entramos todos: los usuarios, los profesionales sanitarios y los gestores. Porque, como en la naturaleza, las asociaciones entre seres vivos pueden ser parásitas, comensales o simbióticas. Y tenemos que elegir qué queremos ser: garrapatas, rémoras o afanosas abejas.
Existen dos puntos en los que tenemos que intentar mejorar: utilizar la mejor medicina que la ciencia puede ofrecer en cada momento, y elegir mejor el nivel asistencial para cada paciente. La medicina que aprende un joven a los veintitantos años tras dejar la facultad no puede valerle para terminar su vida profesional cuarenta años después. La formación continuada, suministrada por su propio sistema público de salud –no por la industria farmacéutica que se pueda beneficiar de sus lagunas o una relajada ética- es un elemento clave para asegurar la calidad de la asistencia.
Acercar la asistencia del paciente a su propia casa, esto es, potenciar la atención primaria de salud, es más humano, más lógico y, además, más barato. La hospitalización de un paciente con cáncer en estado terminal lo enquista en una burbuja de sueros, curas, horarios y normas, que impide a sus familiares y amigos acompañarlo y apoyarlo en su último viaje.
La gestión sanitaria, por otro lado, debe desvincularse de una vez por todas de visiones políticas y electoralistas. La nefasta gestión de las cajas de ahorro en España ya ha demostrado qué pueden hacer gestores no profesionales politizados con un bien público. Algunos gestores políticos, tras pasar como el caballo de Atila por la Sanidad pública, se erigen en doctos sabios que ofrecen como única solución la gestión por manos privadas de la sanidad de todos. ¿Acaso es tan difícil elaborar un cuerpo funcionarial de gestores públicos? Mérito y oposición, un clásico que se remonta a las más antiguas dinastías chinas. Los mejores de entre los mejores, para dirigir lo que es de todos para todos.
Los pacientes no tienen menos parte de responsabilidad en el despilfarro sanitario. No acudir a las citas de consultas; la exigencia de pruebas complementarias, valoraciones por especialistas o tratamientos más allá de las estrictas necesidades clínicas; la utilización de los hospitales como aparcamiento de abuelos en vacaciones; despilfarrar medicaciones, o usar al abuelo pensionista para nutrir de medicación al resto de la familia no ayuda a que se gaste menos. Pero existe un aspecto más, quizá el que aparentemente tiene menos repercusión directa en el gasto, pero sí mucho en el estilo de gestión y la transparencia en el mismo: la nula presencia de pacientes en los órganos de decisión sanitarios. En el último informe que España remitió al Observatorio Europeo de Políticas y Sistemas Sanitarios en 2010, al referirse a la participación del paciente en la gestión del sistema, informó de la situación actual y de las perspectivas a medio plazo: el paciente no está ni se le espera en la gestión sanitaria.
La pasividad del paciente en los sistemas sanitarios públicos es incomprensible. Sin pacientes, no tienen sentido ni profesionales sanitarios, ni hospitales, ni personas que los gestionen. Los pacientes son la razón última de la Sanidad, y curiosamente son los últimos en enterarse de cómo se manejan los recursos. Son uno de los tres pilares de la sanidad, no el asiento en donde apoyar nuestro trasero. Por eso, y porque sin ellos la sanidad no funciona, mientras podamos, y al menos hasta los 94 años –aunque sin acento francés-, arenguémoslos hasta desfallecer: ‘¡INDIGNAOS!’.

Teodoro Martínez Arán
Médico, especialista en pediatría