El ya centenario Lin Lei se puso su viejo abrigo de piel, en plena primavera, y se fue cantando a recoger los granos dejados por los segadores. Por el camino iba Confucio que, al escucharlo, dijo sus discípulos:
- Sería interesante hablar con aquel anciano, que canta mientras recoge entre los rastrojos.
Se acercó uno de ellos y le preguntó:
- ¿No siente usted algo de lo que arrepentirse, ya tan anciano, que canta mientras recoge granos abandonados?
- ¿Por qué y de qué habría de arrepentirme? – respondió el anciano mientras seguía con su tarea.
- ¿No ha hecho nada en su larga vida que ahora le pese, y continúa cantando mientras se acerca la hora de su muerte?
- Los motivos de mi felicidad los comparten todos los seres humanos, pero en lugar de disfrutarlos, andan preocupados y dándole vueltas a la cabeza -le respondió con una sonrisa-. Yo no he sufrido aprendiendo a comportarme cuando era joven, y nunca me angustié por conseguir algo durante mi vida, he sido capaz de vivir en paz conmigo mismo durante toda mi vida.
- Porque es humano desear una larga vida, ¿por qué se alegra de morir?
- Escuche, joven, la muerte es el retorno al lugar de donde salimos para nacer. ¿Cómo puedo saber que cuando muera aquí no naceré en otro lugar? ¿Por qué vida y muerte no van a ser tan buena una como la otra?
Pero, -interrumpió el joven discípulo de Confucio- es humano desear una larga vida.
- ¿Más larga todavía? ¿Cómo puedo saber que la muerte no ha de ser mejor que mi vida pasada? ¿A usted le pidió alguien permiso para nacer?
El joven regresó junto a Confucio y le refirió su conversación.
- Ah, dijo el Maestro, sabía que era una persona de mérito al ser tan viejo y cantar mientras trabaja, pero es un hombre que ha encontrado y aún así no lo ha encontrado todo.
Confucio era racional pero el Tao es irracional. La vida es más que la razón y el orden. Confucio seguía pensando y el viejo cantando. El menú no es la comida.
J. C. Gª Fajardo
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