Paella, guisos de alubias o lentejas, tarta y, sobre todo, bocadillos. A éstos se debe el nombre de la Asociación Bocatas de Madrid, formada hace 15 años por un pequeño grupo de amigos que decidieron cruzar la frontera al “otro mundo”. En aquellos años el poblado marginal de Las Barranquillas era la capital del país de los muertos vivientes, un arrabal de continuo tránsito de personas que para el resto de la sociedad no eran vistas como tales. La droga había puesto ojeras en sus rostros, callos en sus venas y había alejado de sus agendas una vida normal en el mundo de los demás.
Hace tres lustros Nacho Rodríguez había experimentado los “beneficios” de ayudar a los demás, cuando el cura de la parroquia de San Jorge, cercana al Estadio Bernabéu, en Madrid, invitó a los feligreses más jóvenes a llevar comida a las personas sin hogar. Pronto pensaron que esos bocatas, calditos y cafés con los que su madre llenaba algunos termos podrían ser bien recibidos también un poco más lejos de la Castellana, en poblados marginales. Pero también porque en la solidaridad hay un pellizco de egoísmo, según Nacho: “En la gratuidad el primer beneficiario es uno”.
Y así empezó todo. “Nunca hemos tenido la pretensión de solucionarles el tema de la droga. Vamos los viernes, tres horas, y es muy difícil conseguir grandes resultados. Es fácil dejar la droga: te metes 15 días en un hospital te curas el mono y luego te metes en un centro. El problema no es dejarlo, el problema es no volver. Porque cuando uno lo deja se termina de curar pero a los tres meses ¿qué pasa? Que echa de menos la droga y es fundamental estar bien acompañado y si uno no lo está vuelve a caer, porque es lo único que tiene”, sostiene este madrileño de 36 años que imparte clases de biología a chavales de Secundaria.
Este profesor y sus compañeros de Bocatas tienen una cita todos los viernes, ahora contando con el apoyo de más particulares que les posibilitan comida caliente y otras entidades como el Banco de Alimentos y Coca-Cola. Acude todas las semanas junto a una treintena de personas con el único objetivo de repartir comida y compañía.
“A veces”, dice este voluntario sin darse importancia, su labor sale de ese mundo de zombies del poblado y trasciende los viernes: “Surgen relaciones
que van más allá. Y si dejan la droga, como ha sido el caso, surge una relación más entrañable y más profunda. Con tres o cuatro de ellos tenemos una muy
buena amistad”.
Quizás esa sea la “droga” que haya atrapado a este grupo de voluntarios para repartir unas 80 raciones todos los viernes. Posiblemente, con la reincidencia semanal de los voluntarios en su labor se hayan eliminado las fronteras que la sociedad impone entre personas de primera, de segunda o quinta clase.
Puede que, por el contrario, se esté dando el caso de que los voluntarios sean de los pocos ciudadanos que vean la realidad con los ojos limpios del narcótico
del egoísmo. Nacho parece tenerlo claro: “Es importante que exista esta parte de la sociedad, la de los voluntarios. Si sólo es el Estado el que atiende a estas personas, únicamente se trata de trabajo remunerado de una persona que se dedica a atender a otros. Pero cuando está el voluntario entra en juego otra palabra, que es la gratuidad, y al final las relaciones gratuitas son las más importantes, porque uno da sin esperar nada a cambio”. Aunque siempre hay recompensa. “Hacer el bien a otras personas surge de forma inmediata. Pero si no hay una razón más de fondo eso no se mantiene en el tiempo”, añade este veterano de Bocatas acostumbrado a relacionarse con colectivos “que nadie quiere”, y que se emociona recordando infinidad de anécdotas que ha vivido.
“Alguna vez hemos bromeado con ellos, pues es una relación muy sana y nos echamos unas risas”.
En resumen, concluye Nacho, “lo que fundamentalmente descubres es que la necesidad de ellos se parece mucho a la necesidad propia. Ellos tienen que comer y nosotros estamos satisfechos en esa necesidad, pero en el fondo buscan lo que nosotros, ser felices”. Lo rubrica un voluntario que lo es todos los viernes dando bocatas y conversación en las fronteras de la gran ciudad.
Almudena Hernández
Periodista de Revista Perfiles


