El discípulo Sergei seguía enganchado en su rueda mientras venía con la bandeja para el té:
- Ya lo entiendo, Maestro, ¿verdad que tengo razón en no tener ideas?
- ¡Desecha esa idea! -, respondió como un trallazo el Maestro.
- Pero, noble Señor, os he dicho que no tengo ideas, ¿cómo podría desecharlas? – insistió mientras intentaba verter el agua caliente en la tetera.
El Maestro dio un grito, sutil y tierno, y el agua hirviendo se derramó sobre el regazo del aspirante a bombero.
- Oh, pobre, pobre, no te aflijas más, ¡eres libre de seguir aferrado a esa idea de la no idea! – y, sin más, le arrojó por encima un barreño lleno de agua helada.
J. C. Gª Fajardo
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