Utilizar a los profesionales exclusivamente para labores asistenciales no es menos estúpido que usar billetes de cincuenta euros para encender una hoguera. Demuestra un importante desconocimiento del potencial que los sanitarios tienen como gérmenes y actores de la mejora continua del sistema. La administración pública actual ha perdido la vocación de servicio al usuario, trocándola por un viciado instinto de supervivencia, que condiciona el conservadurismo en sus estructuras, lleno de autocomplacencia.
La hermosa derivación castellana del latín attendere desgrana en sus múltiples acepciones un compendio del buen hacer. Esperar, aguardar, tener paciencia, saber escuchar en los silencios y estar en las ausencias. También acoger favorablemente, satisfacer deseos, los ruegos o incluso las órdenes razonables. Y no menos importante es dedicar voluntariamente nuestro entendimiento a nuestro objeto sensible. Tenemos en consideración a nuestros pacientes, miramos por ellos, y los cuidamos.
Atenderlos es imposible sin la necesaria empatía con sus necesidades, expectativas, sus miedos y sus creencias. Y cuando no podemos dar respuesta a las mismas, descubrimos un fracaso del sistema (en la edulcorada jerga de la gestión “oportunidad de mejora”). Desde nuestra cercanía al enfermo podemos encontrar la solución a los defectos observados, y en muchos casos llevar a cabo las medidas correctoras. Trasladar parte de la capacidad de gestión y ejecución a estos niveles asistenciales es imprescindible para erradicar con el estéril peregrinar de informes y estadísticas de despacho a despacho.
La gestión de la sanidad pública sigue hoy otros derroteros. En su origen –más sencillo- se orientaba hacia el enfermo sin distracciones. Pero en nuestros días, los representantes políticos actúan guiados por las urnas, los gestores en pos de agradar a los políticos que los emplean y colocan, los profesionales a los gestores que premian y castigan, y los pacientes son transmutados inopinadamente en “la materia prima de la sanidad”. Los contratos de gestión que determinan las políticas sanitarias se plagan de indicadores y objetivos sobre aspectos marginales de la asistencia, mientras los indicadores de salud, los únicos realmente importantes, son relegados a las grandilocuentes Encuestas Nacionales de Salud anuales, que tienen una vocación más descriptiva que correctiva.
No son, empero, los profesionales la panacea en la gestión sanitaria. Numerosos proyectos de mejora con una planificación y diseño teórico impecables fracasan al intentar implantarlos, sin reparar en que el error de partida fue dejar a los pacientes para el final del flujograma. Estudios, guías de práctica clínica, estadísticas, opiniones de expertos y demás ciencia de salón son baldías sin la opinión de los destinatarios de nuestra atención. Y esa opinión no ha de recabarse anecdóticamente, sino que ha de constituir un elemento cotidiano e inexcusable del conjunto de la actividad asistencial.
Los anglosajones utilizan el término empowerment (traducido con más o menos acierto como empoderamiento) para referirse al acto de dar capacidad de análisis, gestión, control y modificación de las propias condiciones de vida de un sujeto. En el ámbito sanitario, se ha adoptado para referirse al nuevo conjunto de roles de los actores de la sanidad. Es necesario dotar de capacidades ejecutivas a pacientes y profesionales, invertir el flujo de las decisiones para que las acciones de mejora surjan de las necesidades y expectativas de quienes han de recibir la atención, y no de decisiones políticas a las que no siempre acompañan el acierto o la oportunidad.
La razón última del trabajador sanitario es atender al usuario, la de los gestores facilitar que los profesionales dispongan de los medios para que puedan desempeñar su labor, y la de los representantes políticos velar para que la gestión realizada sea equitativa, transparente, sostenible y de calidad. Cada uno de ellos ha de saber escuchar, conocer y respetar al otro si quiere desempeñar adecuadamente su función, pues como dice Ernesto Sábato “es el otro el que siempre nos salva”.
Teodoro Martínez Arán
Médico, especialista en pediatría


